La precrastinación, o la falsa eficiencia

Cubo metálico

La procrastinación, o el mal hábito de posponer tareas que sabemos que deberíamos hacer lo antes posible, es un tema que me ha interesado desde hace mucho tiempo. Siendo yo mismo un procrastinador compulsivo, siempre he intentando enteder este fenómeno en busca de las mejores estrategias que pudieran ayudarme a procrastinar lo menos posible. Algunas de ellas las he compartido en este blog, como la técnica de las palomitas de maiz, el método Seinfeld —que se suele utilizar para facilitar el desarrollo de nuevos hábitos—, o la visualización del costo de oportunidad de la procrastinación.

Sin embargo, ayer leía un post de David Barreda —vía mi buen amigo y colega Quique Gonzalo, al que muchos probablemente conoceréis por ser el co-fundador y CEO de Hightrack—, sobre otro fenómeno cognitivo muy interesante, que puede considerarse la cara opuesta de la moneda de la procrastinación, pero que, cual lobo envuelto en una piel de cordero, esconde en realidad un hábito que tiene efectos igual o más perniciosos que la procrastinación. Estoy hablando de la precastinación.

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