Lo que nos enseña de verdad la Ley de Parkinson

Cercado

De vez en cuando —a veces con demasiada frecuencia—, surgen ideas que, quizá por su punto de «novedoso» o por su halo científico, terminan ganando cierta tracción. Una de esas ideas de la que, lo confieso, yo también fui víctima hace algunos años, es que poner fechas de vencimiento de manera discrecional a todas —o casi todas— las cosas que tenemos que hacer, nos permite ser mucho más efectivos. Imagino que el origen de esta creencia es la llamada Ley de Parkinson, que fue enunciada por Cyril Northcote Parkinson en 1957 a raíz de un estudio sobre el trabajo en el Servicio Civil Británico.

Básicamente, lo que esta ley viene a decir es que el trabajo se expande hasta llenar el tiempo de que se dispone para su realización. La interpretación más extendida de este enunciado es que, independientemente de la tarea, muchas veces lo que determina el tiempo final que necesitamos para completarla no es la complejidad inherente de la tarea, sino el tiempo que tenemos disponible para trabajar en ella —hasta ciertos límites, claro. De ahí que algunas personas hayan llegado a la conclusión de que, si esto es así, una manera de «obligarnos» a ser más productivos o de terminar más cosas a tiempo, es establecer fechas de vencimiento ficticias. Esta escasez autoimpuesta del «recurso tiempo» generaría una presión psicológica que nos obligaría a ser más efectivos.

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