El sorprendente futuro del trabajo

Pareja en la playaComo profesional del conocimiento especializado en la mejora de la efectividad de las personas y las organizaciones, no puedo permanecer impasible ante el cambio en el mundo del trabajo que se avecina ya tenemos encima. La «culpable»: la tecnología, que parafraseando al Don Sebastián de La verbena de la Paloma, adelanta que es una barbaridad. Las consecuencias son evidentes: cada vez más puestos de trabajo son sustituidos por robots o algoritmos ejecutados por ordenadores, que hacen lo mismo pero más rápido, a menor costo y mejor que los seres humanos. Es lo que tiene el desarrollo económico y la búsqueda permanente de la eficiencia. Como decía mi padre, lo que es bueno para el bazo, es malo para el espinazo.

Aunque, si somos objetivos, en realidad, esta no es una situación nueva. El miedo de perder el puesto de trabajo por culpa de los avances de la ciencia y la tecnología ha existido siempre. Como dice Raúl Hernández, el rodillo de la robotización sigue a su ritmo, como lo lleva haciendo desde hace décadas. Lo que sucede es que las personas cada vez nos vamos quedamos con menos espacios, y los avances tecnológicos se van sucediendo cada vez más rápidamente. Hasta que hemos llegado a un punto en que, independientemente de la posición en el organigrama, ya no es realista pensar que podemos quedarnos «agazapados» en nuestro puesto de trabajo hasta la jubilación, esperando que no nos toque la lotería de la automatización.

Muchos expertos están estudiando lo que ha venido en llamarse el futuro del trabajo, o FOW (del inglés, Future Of Work). Y todos parecen estar de acuerdo en algo: lo que puede salvar nuestros ingresos mensuales a corto y medio plazo, especialmente si somos trabajadores del conocimiento, es desarrollar una actitud knowmad. Es decir, convertirnos en trabajadores nómadas del conocimiento, profesionales innovadores, creativos, capaces de trabajar en colaboración con casi cualquier persona, en cualquier momento y lugar. Algo que no deja de ser un gran reto para una gran parte de los profesionales y organizaciones actuales, anclados en paradigmas obsoletos heredados de la era industrial, como la gestión del tiempo —en lugar de la gestión de la atención—, o la mejora de la productividad —en lugar de la mejora de la efectividad.

Aparentemente, Peter Drucker, David Allen o John Moravec, por citar sólo algunos de los grandes pensadores sobre el tema de las últimas décadas, siguen siendo desconocidos para una buena parte del tejido empresarial actual. Y es una lástima, porque no sólo está en juego el futuro de muchos profesionales, sino también la supervivencia de muchas organizaciones que, sin profesionales que sepan moverse en entornos VUCA —volátiles, inciertos, cambiantes y ambiguos— como los actuales, están abocadas al fracaso y la extinción.

Pero dejando a un lado el futuro más o menos inmediato del trabajo, ¿qué podemos esperar dentro de quince, veinte o treinta años? Aquí es donde el futuro del trabajo empieza a cobrar tintes interesantes y sorprendentes. Cada vez hay más estudiosos que empiezan a proponer una idea que puede convertirse en el sueño húmedo de muchas personas. Me refiero a la Renta Básica Universal o RBU. Es decir, un sistema en el que todos los ciudadanos de una sociedad recibirían regularmente una suma de dinero sin condiciones, una especie de derecho de ciudadanía, en la que cada individuo tendría ingresos asegurados incluso si no quiere trabajar de forma remunerada, independientemente de que tenga o no otras posibles fuentes de renta, y sin importar con quién conviva.

No, no es una utopía, es algo que se está empezando a vislumbrar como una posibilidad real gracias a la automatización del trabajo, y que está empezando a ser incluido en las agendas políticas de algunos países. Como explica Xavier Ferràs, la RBU es «técnicamente posible en un mundo tecnológico e hiperproductivo, pero en el cual parecen haber desaparecido los mecanismos básicos de distribución del valor regulados por la espontánea dinámica del mercado». Es decir que, probablemente, solo sea cuestión de tiempo que dejemos de depender de un trabajo remunerado para poder vivir dignamente. Lo cual deja la puerta abierta a una posibilidad más interesante aún si cabe: al tener el sustento asegurado, cada individuo de la sociedad podría decidir no trabajar —algo que va en contra de la propia naturaleza humana— o, lo que parece más probable, trabajar en lo que realmente le gusta, le motiva o le hace más feliz.

Y llegados a este punto, algunos os estaréis preguntando: ¿y qué tiene que decir la efectividad, especialmente la personal, en todo esto? Bueno, a corto y medio plazo, desarrollar ciertas habilidades orientadas a mejorar la efectividad es crucial. Si aspiras a convertirte en un knowmad —y créeme, lo contrario no es opción—, da igual en qué sector te muevas o para qué organización trabajes: tendrás que enfrentarte a entornos VUCA un día sí y otro también, algo extremadamente complicado si te sigues empeñando en planificar tareas, asignar prioridades o pensar en términos de «ladrones de tiempo». Tienes que pasar del hacer por hacer, a hacer bien las cosas correctas.

A largo plazo, la efectividad cobrará la dimensión que realmente siempre ha tenido, pero que muy pocas personas son capaces de percibir todavía. La efectividad no es sólo una habilidad profesional, es principalmente una forma de vivir. Sí, es cierto, es en el ámbito profesional donde, de momento, tiene mayor impacto y se percibe mejor su valor. Pero ser efectivo significa, una vez más, hacer bien las cosas correctas, en el trabajo, y también en cualquier otro aspecto de tu vida.

En un mundo en el que todos tenemos ingresos para vivir asegurados, desaparece uno de los mayores obstáculos que tenemos las personas para tomar las decisiones correctas: el dinero, o más bien la falta del mismo. Gracias a la efectividad, cada persona podrá desarrollar su propio ser de acuerdo a su propósito de vida, valores y visiones. Y a nivel colectivo, las posibilidades de sublimación de la creatividad, e incluso del desarrollo de nuevos modelos productivos imposibles de imaginar hoy, como ya sucedió tras la revolución industrial, están servidas.

Foto por Javier Morales vía Flickr


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