Acaba con los «ladrones de tiempo» para siempre

Ladrón sorprendidoSi hay algo en lo que todos podemos estar de acuerdo en relación a la productividad personal es que, en los últimos años, la naturaleza del entorno típico en el que se supone que debemos ser productivos ha cambiado enormemente. Nos movemos en entornos cada vez más VUCA, un término que, aunque a algunos no les gusta mucho, refleja una realidad: cada vez tenemos que lidiar con mayor complejidad, imprevistos y cambios en nuestro día a día, tanto en el ámbito laboral como en el personal.

Afortunadamente, en las últimas décadas hemos avanzado bastante en nuestra comprensión sobre los retos que suponen estos entornos, y cuál es la mejor manera de obtener resultados sin morir en el intento, víctimas del estrés y la frustración. No sólo tenemos trabajos como el de Stephen R. Covey o David Allen, que reflejan los aspectos más prácticos de lo que hemos aprendido con respecto a la productividad personal. Durante la última década también se han producido muchos avances desde el campo de la neurociencia, que ya es capaz de explicar por qué funcionan muchos de los principios expuestos por estos autores.

Por todo ello, me sigue sorprendiendo cómo han calado algunos discursos en el mundo de la productividad personal, como por ejemplo el de los «ladrones de tiempo». Hace más de un año que ya escribía sobre este fenómeno en el blog, y lejos de observar un mejor entendimiento del asunto, sigo detectando una gran confusión al respecto. Por eso creo que merece la pena retomar el asunto desde otra perspectiva.

Para el que no sepa de lo qué hablo, se conocen como «ladrones de tiempo» todos aquellos factores externos que obstaculizan de una manera u otra nuestra productividad personal. Es decir, en esencia, cualquier cosa que pueda interrumpirnos o distraernos de lo que deberíamos estar haciendo en un momento dado. Algunos «ladrones de tiempo» típicos son el email, el móvil, los compañeros de trabajo, las redes sociales, etc.

El problema del término «ladrón de tiempo» es que pone el foco del problema fuera de lo que Covey llama nuestro «círculo de influencia» en célebre libro Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva. La palabra «ladrón» asume implícita y erróneamente que los efectos negativos de las interrupciones se deben a factores que escapan a nuestro control. Es decir, que la culpa de nuestra baja productividad es de quienes nos mandan tantos emails, del jefe que todo el tiempo nos está llamando o viene a nuestra mesa a pedir cosas, o de las redes sociales que nos atrapan en su terrible influjo. De ahí que sistemáticamente se planteen soluciones simplistas que seguro habrás oído alguna vez, como «desconéctate de internet», «apaga el móvil», o «aíslate en una sala de reuniones» para que no te molesten.

No digo que algunas de estas técnicas sean completamente inútiles, al menos no en determinados contextos. Pero su uso como respuesta general al problema de las interrupciones constituye un enfoque erróneo, ya que nos dirige a buscar la solución en el lugar equivocado.

Dice David Allen que no existen las interrupciones, sino los inputs mal gestionados. Que es una forma sencilla y elegante de decir que, si una interrupción tiene consecuencias negativas, la causa no está en el mensajero o en el medio, sino en qué haces tú —cómo te comportas— cuando se produce. Interiorizar este hecho es fundamental, ya que un porcentaje significativo de las interrupciones no solo son inevitables, sino que forman parte inherente de muchos trabajos. Por tanto, las soluciones que proponen muchos de los que hablan de los «ladrones de tiempo» son muy poco eficaces, cuando no sencillamente inviables para muchos profesionales del conocimiento. No se trata pues de eliminar las fuentes de interrupción —o al menos, no solo—, sino de aprender a relacionarse con ellas de manera más efectiva.

Como ha demostrado la ciencia cognitiva, las palabras que usamos condicionan nuestros pensamientos y nuestros actos. Usar la palabra «ladrón» pone el foco fuera de nuestro círculo de influencia, en vez de dentro, y genera falsas expectativas que dificultan enormemente implementar cualquier solución realmente efectiva y universal al problema de las interrupciones. Si a eso le sumamos además que el verdadero activo con el que contamos para mejorar nuestra productividad personal no es el tiempo, sino nuestra atención —algo sobre lo que la mayoría de los expertos también están ya de acuerdo a estas alturas—, parece evidente que hablar de «ladrones de tiempo» es una muy mala idea, y desde luego un error grave desde el punto de vista conceptual y didáctico.

Puede hablarse de este tema en clave de humor o de forma crítica si se quiere, pero la realidad es la que es. No existen los «ladrones de tiempo», solo formas más o menos efectivas de relacionarte con las interrupciones. Si quieres acabar con los «ladrones de tiempo» de verdad, aprende a gestionar adecuadamente tu flujo de trabajo y olvídate de todo lo demás.

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